Érase una vez un reino muy, muy, muy
lejano en el que no había ateos. Todo el mundo creía en un dios.
Algunos, como los políticos
corruptos, creían en el dios “dinero”, y tenían sus templos en los paraísos
fiscales. Robaban el dinero público que habría que invertir en el desarrollo de
sus países y en la creación de puestos de trabajo. Luego se lo gastaban en
comilonas, francachelas y lujos.
Otros eran adoradores del dios “sexo”
y visitaban sus templos instalados en los prostíbulos. Veían a las otras
personas como meros instrumentos para obtener su placer sexual y, en muchas
ocasiones, no les importaba abusar de los más débiles.
Los discípulos del dios “consumo”
tenían sus templos y oratorios en las casas de modas, en las tiendas de
electrodomésticos y en las llamadas “grandes superficies”. Algunos,
obsesionados con sus compras compulsivas, eran considerados enfermos y recibían
tratamiento psicológico.
También los había que seguían al dios
“poder” y sus templos eran los consejos de administración de algunas
multinacionales. Influían en los gobiernos y los cambiaban a su antojo.
Organizaban revoluciones y golpes de estado. Nunca miraban las consecuencias de
sus actos y no les importaba la gente que podía morir o sufrir con sus manejos.
Únicamente pensaban en cómo podrían influir en los precios y en el control de
los mercados.
Otro grupo eran fieles seguidores del
dios “violencia” y todo lo querían arreglar con el uso de armas de fuego. Sus
templos eran los polvorines y salas de armas. Sus objetos de culto, los carros
de combate, misiles y armas de destrucción masiva. Inventaban guerras
innecesarias para conseguir la reelección en las elecciones. Otras veces se
aliaban con los adoradores de los dioses “dinero” y “poder” e inventaban una
guerra, las llamadas “humanitarias”, en las que se machacaba un país más débil
e indefenso para reconstruirlo luego con ayuda de las multinacionales que he
mencionado antes.
Por fin se podían encontrar algunos, (para
los demás eran sólo unos locos estúpidos) que creían en un Dios que no se podía
ver ni demostrar, ellos adoraban al Dios Amor. Tenían sus templos en los suburbios
de los más necesitados, en los hospitales para los enfermos de sida, en los
barrios poblados de chabolas, en los lugares en los que se encontraban los más
pobres de entre los pobres. Algunos eran muy conocidos y se les nombraba como
ejemplo entre el resto de los seguidores. Por ejemplo una tal Teresa, llamada
de Calcuta, porque en aquella ciudad había destacado en su labor a favor de los
más pobres. Otro, Martin Luther King dio su vida luchando por los derechos
civiles de los marginados por su raza y su pobreza. También Oscar Romero,
Ignacio Ellacuría y otros muchos se habían enfrentado a los seguidores del dios
poder y del dios violencia y habían pagado con la vida su absurda osadía.
No todos los seguidores de ese Dios
Amor eran igualmente fieles seguidores de su doctrina. Algunos estaban
influidos por algunos de los otros dioses antes mencionados, pero se les pedía
continuamente, en todos los actos en que se congregaban (los llamaban
“cultos”), la vuelta a la más estricta fidelidad a sus doctrinas originales.
Los que seguían esas instrucciones decían haber encontrado una gran felicidad,
pero la verdad es que, ni dentro ni fuera de esa fe, se les hacía mucho caso.
Y colorín, colorado, aquí dejo la
descripción de las distintas religiones de aquel país tan lejano.
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