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LIBRO VÍA LUCIS


VIA

LUCIS







                                                                                       Rafael Ramón Arroyo Nadales







A D. Juan Manuel Parra López

pastor, maestro y amigo como recuerdo de su paso por la comunidad parroquial de San Francisco Javier.






PRÓLOGO

                Jesús de Nazaret ha muerto a manos de los que no quisieron más rey que el Cesar.
                El que nació en un pesebre prestado, fue recogido de la cruz por familiares y amigos y llevado provisionalmente a un sepulcro por estrenar, cedido también, propiedad de su amigo José de Arimatea. Fue sepultado con prisas por los que no querían incurrir en impureza que les impidiera celebrar la Pascua; una vez pasado el Sabath, los suyos vuelven al sepulcro para completar los ritos y costumbres con los que se preparaban los cadáveres.
                Al llegar encuentran el lugar vacío.
                Esta es en esencia, la síntesis de los hechos que dieron origen a la fe que profeso. Como creyente, yo afirmo que RESUCITÓ. Otros no lo creen así. Y la aceptación o no de esto que llamamos resurrección, aunque ciertamente, no sepamos bien lo que es, ha dado lugar a encuentros y desencuentros a lo largo de los últimos dos mil años.
                Este conjunto de meditaciones pretenden seguir el rastro que va dejando su luz, la luz del Resucitado.
                Desde mi ignorancia no pretendo demostrar nada ni convencer a nadie. Sólo me limito a recoger algunas ideas que se me han ocurrido escuchando alguna homilía o en mis ratos de oración. Si al leer estas cuartillas alguna persona se siente ayudada, debe dar las gracias a Dios que se habrá acercado a ella por este medio. Si se siente ofendida, le pido disculpas porque nunca he pretendido molestar. Si no le gusta, siéntase libre de borrarlo del ordenador. Si lo considera oportuno, páselo a un amigo.
                Que el Señor Jesucristo, el Resucitado, esté con vosotros, amén.




VÍA LUCIS, 1ª ESTACIÓN
Jesús resucita y conquista la vida verdadera
“Id y contad a todos que ha resucitado. Él va delante de vosotros…”

            El primer mandamiento fue el de ir a comunicar que vives. Debemos decirlo a los que ya son discípulos, a los que andan buscando y aún no te han encontrado, a los que nunca te han oído nombrar, a los desengañados, a los que te niegan y a los que quisieran volver a verte muerto.
            Comunicar la buena noticia de la resurrección es decir a todos que estamos salvados, que ya no hay lugar para el miedo. Que tu reino está cerca y que acabará implantándose a pesar nuestro. Porque tu vas delante de nosotros a la Galilea de los gentiles, a las tierras de los que no te conocen. Allí te encontraremos.
            Tenemos su promesa. LE VEREMOS. Sigamos caminando y buscándole.
            ¿Miedo de qué? ¿Miedo a quién? ¿Miedo por qué? CRISTO ESTÁ VIVO Y VA DELANTE DE NOSOTROS. Caminemos tras Él.



VÍA LUCIS, 2ª ESTACIÓN
Unas mujeres, discípulas de Jesús, encuentran su sepulcro vacío
“Entonces María Magdalena y otras mujeres corrieron, y fueron  a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijeron: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto”.
 “Llegó Simón Pedro, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó.

            ¿Cuál suele ser mi actitud? ¿Correr asustado para compartir mi miedo? ¿Buscar con serenidad?
            En la contemplación de esta estación del Vía Lucis, te pido, Señor, que me des el aplomo de Pedro y Juan. Quiero acercarme para ver. Como el buen samaritano se acercó al herido. Así, desde cerca, ya es más fácil. Cuando nos hacemos prójimo (próximo) del problema es más natural sentir ese amor que nos pedías. Y actuar ya no es más que una consecuencia.
Desde la puerta del sepulcro, ligeramente apartados del problema, podremos criticar a los que pasan de largo, pero el herido seguirá desangrándose. San Francisco de Asís decía: “no critiques a los ricos, hazte tú pobre” Dame valor para entrar en el sepulcro vacío y para asumir que ya no estás en él. Déjame convencerme de que no hay más muerte que la que nosotros provocamos con nuestra incredulidad y nuestra lejanía de los problemas. Dame la gracia de la conversión. Y dame fuerzas y valor para llevar la buena noticia a los demás.
            A veces somos nosotros los que escondemos el cuerpo porque preferimos la comodidad de un mundo sin ti. Pero no quiero la oscuridad de un sepulcro vacío. Te pido, Señor, que yo vea, como el discípulo o como el ciego. QUE YO VEA. Me quiero convertir, para ser de los tuyos, de los que dan testimonio y extienden tu Reino.
                No te pido una conversión teórica o intelectual. No me interesan ni la filosofía ni las discusiones teológicas mientras el herido se desangra. Te pido la conversión del “pobrecito de Asís”. Quiero la conversión de Zaqueo, la que toca el bolsillo porque antes tocó el corazón. La del buen samaritano que cambió sus planes de viaje y se llevó consigo al herido y a sus problemas.
                Señor, que yo vea.



VÍA LUCIS, 3ª ESTACIÓN
Jesús resucitado se aparece a María Magdalena
¡MARÍA! Volviéndose ella, le dijo: ¡Maestro!

                ¿Cómo era su manera de hablar para que una simple palabra le  identificara? Cuanta ternura y amor debía de poner en lo que decía.

                Confieso que este pasaje evangélico es de los que me emocionan cada vez de lo leo. Entre las distintas llamadas arquetípicas que contiene la Sagrada Escritura ésta y la de Samuel son mis preferidas. En el pasaje que estamos contemplando no hay explicaciones ni razones. Una palabra sola que encierra un mundo de sugerencias, sentimientos y aclaraciones. Una sola palabra. El texto nos la recuerda y la podemos leer cada vez que queramos. Pero cada vez que lo leo, echo de menos el resto…

                Sí, el resto. Porque el lenguaje oral no sólo se compone de sonidos (fonemas que dirían los que entienden de eso). Los sonidos expresan el pensamiento, pero hay que añadir la entonación que expresa el sentimiento y la mímica que puede expresar actitudes. Eso no nos lo puede mostrar el texto escrito. En este caso tenemos una palabra: “MARÍA” que dicha por Jesús cambió la vida de aquella mujer. No se puede encerrar ni expresar mayor belleza con sólo cinco letras. “MARÍA”.

                El resto queda a nuestra imaginación. ¿Cómo sería tu entonación? Toda la dulzura, suavidad o cariño que podamos añadir será poca. Porque Jesús debía hablar con el corazón. Y un corazón que era puro amor. Un corazón que cuando llama lo hace por amor y para que comuniquemos amor.

                ¿Y qué decir de la mímica? En toda la historia del cine, ningún tema se habrá repetido más que la vida de Jesús. Pero ningún actor habrá sido capaz de interpretar correctamente aquella forma de mirar. Ese gesto mínimo de los músculos de la cara que expresaban amor en grado infinito. Porque si la voz se emite según una orden del cerebro, la entonación y la mímica se emiten como un reflejo de los sentimientos que salen del corazón.

                Mírame, Señor, hasta lo más profundo de mi ser, hasta el tuétano de mis huesos. Que llegue la luz de tu mirada, el sonido de tu voz, el calor de tu presencia y me empape como de enjundia para que ni una sola célula de mi organismo se salve de ese baño de amor.

                Y llámame. Oí en una película que tú no llamas a los buenos sino que haces buenos a los que llamas. ¡LLÁMAME! Hazme bueno, de los tuyos, de los que no pueden decir que no.

                Lo mismo que el ruido de los motores de un reactor puede romper los vidrios de nuestras ventanas, te pido que el sonido de tu llamada rompa en mi interior el egoísmo, la cobardía, la soberbia y todo lo que me aparta de ti. Que caigan mis murallas de Jericó para que me quede desnudo ante tu presencia. Como un bebé en los brazos de su madre. Y haz conmigo lo que quieras.




VÍA LUCIS, 4ª ESTACIÓN
Jesús se aparece en el camino a Emmaus

CAMINO DE EMAÚS

                                      Hiciste ademán de seguir caminando
                                      por sendas de soledad, polvo y olvido.
                                      “Caminante, quédate a cenar conmigo.
                                       Que mi vida no es más que noche y espanto.”

                                      Sentado a la mesa hablaste de profetas,
                                      de camino, comunidad y Escritura,
                                      de oración,  amor, de diálogo y dulzura,
                                      y de Ignacio, de Francisco y de Teresa. 
                                                          
                                   Poco a poco,  mi escucha se hizo oración;
                                                 mi respuesta, seguimiento. Llegó el alba
                                       que hizo de mi vida flor, risa y canción.

                                      “¿Te ibas cuando yo más te necesitaba?” 
                                      Pregunté. Y me diste la mejor lección:                               
                                      “Yo tan sólo provoqué que me llamaras”



VÍA LUCIS, 5ª ESTACIÓN
Reconocen a Jesús resucitado al partir el pan

“Y aconteció que estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio.  Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron.

                Al partir el pan y darlo a los demás. Ese debía ser tu gesto característico, por eso te reconocieron. Ahora en cambio preferimos guardar el pan en el banco para pagar la hipoteca.
                En estos tiempos tan difíciles en que vivimos (lo llaman la crisis) al meditar esta estación yo me preguntaba cómo podríamos iluminarla con tu presencia de Resucitado.
                Veo a mi iglesia muy preocupada con otros asuntos que también pueden ser importantes, pero no me llega la onda de ninguno de nuestros líderes que dé la cara al problema y nos oriente.
                Y yo, desde donde tú me has puesto, en la base de la pirámide, pienso que no hay más líder que el Señor Resucitado y que su luz está en la Escritura. Y busco.
                Sí, al partir el pan y darlo a los demás, aquí está. Creo que lo encontré.
                Ante el riesgo de una hambruna, mandaste repartir todo lo poco que tenían. Y cada cual aportó lo que llevaba para sí y los suyos y, al final, todos comieron hasta hartarse y sobró. Porque el miedo lleva a la acaparación y ésta a la carestía y a la pobreza. Así aparece el hambre.
                Al partir el pan y darlo a los demás. Compartir llamamos a eso en mi tierra. Tal vez sea ese el mensaje del Resucitado ante estos tiempos de crisis. Cada cual que reparta el pan cateto y las dos latas de sardinas que llevaba para la merienda. Si todos lo hacemos, si nos animamos a abrir las alforjas y a compartir, tal vez se amortigüe el problema. Eso por lo menos.
                Además, el pan en las alforjas se enmohece y hay que tirarlo. Así surgen los problemas que vemos en el telediario. Acudimos al reclamo de la mayor rentabilidad y caemos en manos de los estafadores que esperan en el fondo de nuestras alforjas.
                Partir el pan y repartirlo a los que tienen hambre. ¡Qué lección de economía!
                Teresa de Calcuta decía que hay que dar hasta que duela. Hazme generoso hasta la extenuación, Señor Resucitado. Haznos portadores de tu  luz para que ilumine el fondo de nuestras cuentas corrientes. Así, tal vez, la crisis será menos grave. Amén


VÍA LUCIS, 6ª ESTACIÓN
Jesús resucitado se aparece a los discípulos en Jerusalén

                Mientras ellos aún hablaban de estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros.  Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían un espíritu.
Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.

                Paz a vosotros. Ese es el saludo del Resucitado. Y mi primera reflexión: hasta que punto llevo yo la paz por donde quiera que paso.
                La segunda es que no soy seguidor de un fantasma, de un espíritu; sino de una persona de carne y hueso, como cualquiera de nosotros, como tú, lector de estas líneas. Una persona que fue torturada hasta la muerte y que, después, resucitó. Ni su muerte fue simbólica ni lo fue su resurrección. Aunque yo no entienda el cómo, sé qué así fue. Es la verdad indiscutible sobre la que se asienta mi fe.
                Y porque lo creo posible, también creo posible un mundo mejor. Ese que llamamos el Reino. El Reino de Dios que viviré plenamente cuando acabe mi vida transitoria y empiece la definitiva, pero que tiene que comenzar aquí y ahora.
                ¿Es para eso para lo que nos envías en cada una de tus apariciones? ¿Es ese el mundo que tengo que ayudar a implantar?
                Porque si Tú has resucitado, ya no son posibles los niños esclavos ni soldados. Ya no son posibles los abusos de los fuertes sobre los indefensos, de los bancos sobre los pobres, de los malos tratos conyugales, de los despidos laborales con ánimo de lucro, de la desesperación de los parados que ven sufrir a sus familias, de los  gobernantes corruptos que nunca devuelven lo que han robado, y un largo etcétera que describe cada día y en cada edición el telediario, siempre para amargarnos la hora de la comida.
                Si Tú has resucitado ya no es posible seguir callados. Si nuestra pobre capacidad no nos permite otra cosa, por lo menos gritaremos BASTA, prestando nuestra garganta a los que ni siquiera pueden hablar. Si, gritar mientras nos quede voz, aunque alguien se moleste y nos mande callar, porque Tú, el Resucitado, nos has enviado a Galilea y VAS DELANTE DE NOSOTROS.
                Mil veces gracias, Señor porque tu Resurrección nos hace hombres, porque tu Resurrección nos ha salvado, porque tu Resurrección nos ha devuelto la dignidad.




VÍA LUCIS, 7ª ESTACIÓN
Jesús resucitado da su paz a los discípulos y el poder de perdonar pecados
“Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.
Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.”

                Las puertas cerradas por miedo a los judíos. Encerrados por miedo. Pero el Resucitado se aparece y les da la paz, y les envía…
                Tenemos tendencia a encerrarnos en los tiempos difíciles. El miedo es gratis…
                Donde hay fe no hay sitio para el miedo. Abramos puertas y ventanas, salgamos de una vez del cenáculo o de donde quiera que nos encontremos escondidos. NO TENGAMOS MIEDO. El Señor Resucitado está con nosotros, tenemos su promesa y si creemos, le creeremos.
                ¡A LA CALLE! Tenemos un mundo entero que evangelizar. ¿Qué nos puede ocurrir? ¿Persecución? ¿Cárcel? ¿Cruz? El discípulo no puede aspirar a mejor suerte de la que tuvo el maestro. Demos gracias a Dios.
                Señor, líbrame de mis miedos. Quiero dejarme guiar por la luz del Resucitado. Cuando conducimos en medio de la niebla, lo mejor que nos puede ocurrir es encontrar otro coche que, delante del nuestro, abra camino y nos vaya mostrando la ruta. Sé tú esa luz salvadora que me guía en medio de mi niebla particular. Concédeme la gracia de perseverar en la oración. Es ahí donde puedo encontrar esas luces de posición que me señalarán el camino. Enséñame a orar y así dejaré abiertas puertas y ventanas porque no tendré miedo. Y encontraré lo que me falta para salir a la calle gritando con mi vida:
“EL SEÑOR JESÚS HA RESUCITADO”




VÍA LUCIS, 8ª ESTACIÓN
Jesús resucitado refuerza la fe de Tomás
Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.
Bienaventurados los que, como es mi caso, hemos mamado la fe desde la cuna. Bienaventurados los que, como es mi caso, hemos tenido unos padres que se han preocupado de enseñarme, instruirme, explicarme y, sobre todo, darme un ejemplo con sus vidas.
En su lecho de muerte, al recibir al sacerdote que venía a darle los sacramentos, mi padre le recordaba que él era servita. Murió en los brazos de María. Había rezado a San José durante toda su vida pidiéndole una buena muerte y, con un cáncer que le comía los dos pulmones, no pudo tenerla más dulce ni más tranquila.
Hay quien, como Tomás el Mellizo, dice que no puede creer en lo que no ve. Pero yo he visto como mi madre se desvivía por todo el mundo durante toda su vida. Incluso la vi jugarse la vida por salvar la de una vecina a quién su marido quería dar un tiro. El viento no se ve, pero vemos moverse las ramas de los árboles. No vemos a Jesús Resucitado, pero sin Él, no serían posibles ni Francisco de Asís, ni Teresa de Calcuta, ni Martin Luther King, ni tantos otros a quienes sí hemos visto hacer lo que hicieron. Contra toda lógica, contra todo lo que se hubiera esperado de ellos, desde su pobreza y humildad nos han dejado un mundo mejor, con el ejemplo de sus vidas que, en mi opinión, sólo puede ser un reflejo de algo que no se ve a simple vista.
Por esa razón soy creyente. Porque lo he visto en mi casa, con unos padres excepcionales, que me supieron dar su ejemplo y me supieron mostrar el de los santos a lo largo de la historia de la Iglesia.
De niño tuve un amigo, lo era también de mi padre, que me comento en una ocasión:
“La historia de la Iglesia es la historia del disparate”
Por eso creo. Los mayores imperios, rebosantes de riqueza, inteligencia y poder, se han venido por tierra y han desaparecido en pocas generaciones. La iglesia sigue ahí, con sus disparates, sí, con sus errores, sí, con sus herejías, sí, pero también con el Pobrecito de Asís, con Juan XXIII, con cualquiera de los dos Juan Pablo y con tantos otros que nos dicen con su vida:
“Créelo, Resucitó”
Dichosos los que creen sin ayuda. Yo la he tenido y mucha.





VÍA LUCIS, 9ª ESTACIÓN
Jesús se aparece en el mar de Tiberíades
                Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió.

            Otra vez nos mandas echar la red. Otra vez más. No hay lugar para el descanso.
Una vez me dijeron que ciento cincuenta y tres era el número de especies que se decía que había en el mar de Tiberíades. No creo que nadie las hubiera contado, pero me da igual. A veces la tradición adquiere fuerza de ley. Admitamos entonces que todos los peces del lago estaban representados en la red y que ésta no se rompía. Podía con todos.
Todos cabemos en las redes del Señor Resucitado. Y tiene prisa por “pescarnos”. Insiste e insiste. ¡Echad la red! Y así hasta que estemos todos juntos y apretados en ese abrazo de amor que se me figura a mí su red.
Señor, déjame entrar en tu boliche. Arrástrame hasta tu orilla. Deja que me abrase en el fuego de tu amor. ¡Qué imagen más bonita! Encuentran un pez en las brasas y pan. No sé por qué me recuerda la Eucaristía. Y nos pide que le acerquemos los que venían en la red. Seremos a un tiempo pescador y sardina de espetón. Porque el calor de tus brasas se tiene que contagiar a todo el contenido de la red. Mientras, Tú estás esperando en la orilla, llamando, llamando, señalando dónde echar la red. Que no quede nadie fuera. Que todos podamos compartir este gozo inmenso de sentirnos queridos por el Resucitado.
 Echemos pues la red. Una vez más.


VÍA LUCIS, 10ª ESTACIÓN
San Pedro le reitera su amor a Jesús.

Le dijo la tercera vez: Simón, hijo de Jonás, ¿me amas? Pedro se entristeció de que le dijese la tercera vez: ¿Me amas? y le respondió: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo. Jesús le dijo: Apacienta mis ovejas.

                San Pedro, el pobre, pensaba que le estaba cayendo una bronca. Y le estaban encargando que cuidara de su comunidad, de su Iglesia.
Esta estación me lleva a dos reflexiones, la primera, cuántas veces le habré negado a lo largo de mis sesenta y más años. Cuantas veces me habré callado por cobardía cuando debía defenderle. Cuántas veces no me habré movido de mi cómodo sillón cuando me necesitaba. En el bien entendido caso de que me refiero a que, al que había que defender o atender en su necesidad era algún pobre desgraciado de los que abundan por estos pagos. Faltaría más que yo tuviera que defender a Dios…
                Y cuántas me ha seguido llamando. Con qué paciencia, con cuánto amor…
                La segunda reflexión me lleva a pensar en la Iglesia, la Iglesia del Resucitado. Tan atacada siempre. Sí, su presencia siempre ha estorbado.
                No me preocupan mucho los que la atacan desde fuera: “en vano dan coces contra el aguijón”. A veces entiendo que los que critican desde dentro, sólo quieren verla mejor, como yo quisiera ver a mi madre siempre guapa y bien vestida. Y si la viera desaliñada o con un maquillaje inapropiado también procuraría hacérselo ver.
                El problema es la crítica desaforada desde dentro, de los que quisieran otra Iglesia distinta, más acorde no sé con qué. No puedo discutir porque me faltan conocimientos. Nunca estudié teología para poder rebatir a nadie, pero si sé que esta es mi Iglesia, la única que tengo y que, a pesar de sus defectos, siempre sale adelante.
                A estos últimos les diría “No tengáis miedo.” Y volvería a recordarles la frase de San Francisco, “No hables contra los ricos, hazte tú pobre”
                Si, vamos a cambiar la Iglesia, desde dentro, desde cada uno de nosotros. Porque me parece que los que critican a veces olvidan que también son Iglesia. Pues demostremos con nuestra vida como deben ser las cosas. Hablemos con nuestro modo de ser. Miremos al Maestro que siempre estaba dispuesto a escuchar, a perdonar, que siempre invitaba, “si quieres…”. Hay pocas órdenes taxativas en el Nuevo Testamento. ¡Amaos… ! Es una de ellas. ¡Id y enseñad a todas la naciones…” y poco más.

                Vamos a relajarnos, que los demonios se vencen con más oración y ayuno. Sí, se vencen. No tengamos miedo. No queramos imponernos por las bravas. 


VÍA LUCIS, 11ª ESTACIÓN
Jesús resucitado envía a los discípulos
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”

            Es una constante desde la Resurrección. Casi se diría que la característica del Jesús Resucitado es el envío. Y otra vez, ahora dicho de un modo más claro, aparecen los 153 peces de la red: “haced discípulos a todas las naciones”.
            “Enseñándoles todas las cosas que os he mandado”. Todas las cosas. No sólo algunas que a mí me gusten más o que yo prefiera por afinidad con mi carácter o compatibilidad con alguna ideología que guarde en el bolsillo superior izquierdo de la americana.
            Todas las cosas… La frase me ha recordado un sacerdote que conocí en mi infancia y en la catequesis nos repetía con frecuencia la frase de no recuerdo qué santo:
            “Nuestra forma de vivir tiene que ser tal, que si por un imposible se perdieran todas las copias del evangelio, se pudiera copiar, versículo a versículo de nuestras vidas”
            Ahí queda eso. El profesor que enseña matemáticas o biología en su pizarra, además de lo que dice verbalmente, está enseñando algo que en pedagogía se llama “el currículum oculto”. Los que nos hemos dedicado en algún momento a la enseñanza sabemos que los alumnos pueden aprender más de nuestras actitudes que de lo que les decimos.
                Esa tiene que ser nuestra vida. Estamos enviados por Jesús Resucitado. A nuestro pueblo, a nuestra familia, a nuestro trabajo, a los amigos de la partida de dominó y de la cerveza de los sábados después de misa, a los vecinos de nuestro bloque, a los que chatean conmigo en Internet, a los 153 peces de la red, empezando por los más próximos y no acabando nunca, porque cuando terminemos con los próximos, estarán los alejados y siempre escucharemos la voz de Jesús diciéndonos “…echa otra vez la red…”
                Habla, Señor, que tu siervo escucha. No puedo decir otra cosa. Me lo has repetido tanto que únicamente te pediré que, de vez en cuando, si te parece bien, me enciendas una lucecita por delante, para no perder el sendero. Por lo demás, llévame donde quieras y por donde quieras. Tú estás conmigo todos los días, desde que me levanto hasta que me acuesto. Vamos entonces. Tú y yo. De la mano.




VÍA LUCIS, 12ª ESTACIÓN
ASCENSIÓN

            “¿Qué hacéis ahí parados mirando al cielo?”

            Dos mil años y aún miramos al cielo. ¿Será posible?
            Si antes de marcharte nos lo dejaste bien clarito. Tú te ibas pero quedaban nuestros hermanos.
¡AMAOS!
            Ese fue tu gran consejo. El que debe ser signo distintivo de los cristianos. En esa palabra se encierra toda tu teología. Y cómo la hemos complicado.
            En cambio seguimos mirando al cielo.
No se trata de hacer ahora un estudio psicológico ni antropológico de los porqués. Pero sería interesante el que cada uno se mirara a sí mismo para averiguar si está mirando a las nubes o a sus hermanos necesitados. Y aún más: cuál es nuestra respuesta cuando vemos que alguien mira a los hermanos que nos interpelan desde sus propios problemas. ¿Le apoyamos? ¿Nos unimos a su lucha? ¿O por el contrario le criticamos por no mirar al cielo y le tildamos de rojo o comunistoide para desacreditarlo?




VÍA LUCIS, 13ª ESTACIÓN
María y los discípulos esperan en oración la venida del Espíritu Santo
“Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.”
Perseveraban  en la oración junto con María la madre de Jesús. Al leerlo he recordado que, siendo yo niño, me dijeron que SS. Juan XXIII empezaba sus momentos de oración rezándole a la Virgen María. La idea me gustó tanto que la adopté como propia y, desde entonces, siempre empiezo con un avemaría.
¿Cómo sería la oración de aquellos hombres que habían aprendido de Jesús y de María?
Hace pocos años tuve la fortuna de hacer unos “Talleres de Oración y Vida” que encontré muy positivos y a los que agradezco una serie de técnicas que uso todavía. A veces, cuando oigo o leo algo sobre la oración no puedo por menos que recordar el Tabor, porque me da la impresión de que los zapatos se les separan del suelo. No olvidemos que, cuando le dicen a Jesús de levantar unas tiendas y quedarse allí, éste les hace volver a la realidad de Galilea.
Señor Resucitado, yo quisiera que mi oración fuese como la de aquellos que esperaban la llegada del Espíritu Santo junto a María y en oración. Te ruego que no me dejes olvidar nunca que la oración es el cordón umbilical que nos une a ti y del que no podemos desprendernos a riesgo de creernos totalmente convertidos, autosuficientes y santos de altar.
En una reflexión anterior te he pedido que no me falten nunca esas luces de posición que me guíen en mi camino. Mis santos de cabecera, Ignacio de Loyola, Teresa de Calcuta, Francisco de Asís, Juan XXIII y algún otro que todavía puedo encontrar en mi peregrinar por esta vida provisional, junto con los profetas que nos presenta la escritura serán mis luces de posición. Llévame Señor a Galilea. Que no me falte nunca tu mano de madre para llevarme. Por lo demás, aquí estoy. Donde creas que te puedo servir te serviré. Será un privilegio y el mejor regalo que me puedas hacer.
Gracias por enviarme. Lo haré lo mejor que pueda. Tú me has dado las armas que has estimado oportunas. Sabes mejor que yo para lo que sirvo y donde puedo ayudar. Que se haga tu voluntad.




 VÍA LUCIS, 14ª ESTACIÓN
La venida del Espíritu Santo, llamada Pentecostés
Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;  y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.

¡Antonio, Alicia, Lola, Maribel, Paqui, Manolo, Juan Manuel, Rafael, Comunidad de San Francisco Javier, humanidad entera, venid todos! La paz a vosotros. Id y contádselo a todas las criaturas: he resucitado.
                Y tanto nos quiere que volvió para quedarse entre nosotros. Para siempre.









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        En un planeta de una galaxia muy, muy, muy lejana, vivía una comunidad triste y angustiada porque temía su extinción. Sus cítaras, silenciosas, colgaban de los árboles y las lenguas se les pegaban al paladar.         Pero al acercarse una Navidad, un “Ven, Señor Jesús” desesperado perforó las nubes y el cielo, llegando a su destino. Y el Señor llamó. En medio de aquella comunidad resonaron los versos del salmo 97: “Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos”. Alguien se acordó de que, en algún oscuro rincón de su casa, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa, pero no cubierta de polvo (porque ella es muy limpia), yacía una cítara. La cogió, la afinó, la llevó a una celebración de la comunidad y se puso a cantar villancicos.         A esa cítara solitaria se fueron uniendo pronto pífanos, timbales y címbalos que despertaron un coro de voces que dormían, y con su mejor voluntad, a pesar de las no...

PENITENCIA EN CUARESMA 2006

            Cuando hace unos días estaba en el rincón del sagrario echando un ratito de cháchara con mi amigo y se me acercó Sebastián y me dio este papel (“el día 22 celebración de la penitencia”) y me dijo: “prepara tú el examen”,   le contesté de broma: “¿para qué? Si pienso aprobarlos a todos”             Un par de días después empecé a preparar el examen y volví a pensar: “que alegría ir a un examen sabiendo que vamos a aprobar”             Y me acordé de una experiencia de cuando yo era joven y revolucionario. Le prometí a mis alumnas el aprobado en la primera clase. Sin exámenes. Sin agobios. Cada cual tenía que preocuparse sólo de aprender hasta donde pudiera. Y la experiencia fue maravillosa. Nunca he tenido un grupo más preocupado por aprender. Nunca he trabajado con una clase a un nivel seme...