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LA VOCACIÓN


        En un planeta de una galaxia muy, muy, muy lejana, vivía una comunidad triste y angustiada porque temía su extinción. Sus cítaras, silenciosas, colgaban de los árboles y las lenguas se les pegaban al paladar.

        Pero al acercarse una Navidad, un “Ven, Señor Jesús” desesperado perforó las nubes y el cielo, llegando a su destino. Y el Señor llamó. En medio de aquella comunidad resonaron los versos del salmo 97: “Tañed la cítara para el Señor, suenen los instrumentos”. Alguien se acordó de que, en algún oscuro rincón de su casa, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa, pero no cubierta de polvo (porque ella es muy limpia), yacía una cítara. La cogió, la afinó, la llevó a una celebración de la comunidad y se puso a cantar villancicos.

        A esa cítara solitaria se fueron uniendo pronto pífanos, timbales y címbalos que despertaron un coro de voces que dormían, y con su mejor voluntad, a pesar de las notas arrastradas, los tempos inadecuados, los retrasos en las entradas y otras varias faltas de atención, se empezaron a animar las celebraciones litúrgicas.

        Pero el Señor es un jefe exigente y pidió más. Se pusieron en marcha otras iniciativas y, poco a poco, aquella comunidad empezó a desperezarse y a volver a la vida. La esperanza se recuperó. La tristeza, hija del individualismo y de la pasividad fue puesta en fuga por la risa, hija de la amistad y del hecho de compartir (sobre todo ágapes).

        ¿Qué les deparará el futuro? Si se ponen en las manos del Señor, seguro que mucho trabajo. No olvidemos que en los campos del Señor, siempre faltarán obreros para recoger una cosecha tan abundante que las redes se rompen por el peso; porque la mies es mucha y los obreros pocos. Sin duda que en la Iglesia hay muchos problemas. Muchos, sí. Pero el paro no es uno de ellos.

        Además, el futuro es de los jóvenes y el miedo no cabe donde hay fe. Así que si este cuento fuese verdad, yo animaría a esa comunidad a seguir el camino que les marcará el Señor poniéndoles por delante necesidades  y carencias a las que habrá que dar respuesta.

        Y colorín, colorado, este cuento se acabará cuando nos encontremos todos con el Señor que va delante de nosotros y nos espera en Galilea.


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