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PENITENCIA EN CUARESMA 2006





            Cuando hace unos días estaba en el rincón del sagrario echando un ratito de cháchara con mi amigo y se me acercó Sebastián y me dio este papel (“el día 22 celebración de la penitencia”) y me dijo: “prepara tú el examen”,  le contesté de broma: “¿para qué? Si pienso aprobarlos a todos”

            Un par de días después empecé a preparar el examen y volví a pensar: “que alegría ir a un examen sabiendo que vamos a aprobar”

            Y me acordé de una experiencia de cuando yo era joven y revolucionario. Le prometí a mis alumnas el aprobado en la primera clase. Sin exámenes. Sin agobios. Cada cual tenía que preocuparse sólo de aprender hasta donde pudiera. Y la experiencia fue maravillosa. Nunca he tenido un grupo más preocupado por aprender. Nunca he trabajado con una clase a un nivel semejante.

            Al año siguiente lo volví a intentar y fue un desastre. Nadie trabajaba ni venía a clase. El tiempo atempera mucho los afanes revolucionarios de la juventud y yo me dejé en aquel curso una buena parte de mis ganas de cambiar el mundo. Por supuesto se me quitaron las ganas de volver a intentarlo.

            Pero el Señor sigue intentándolo. Nos sigue regalando el curso, incluso con buena nota. Y si uno falla, Él sigue cumpliendo. Y si fallan cincuenta, o dos mil, o los que sean, Él sigue cumpliendo su palabra. Será porque tiene paciencia de Padre, pero no lo desanimamos con nuestras infidelidades.

            Esta noche yo me pregunto en cual de los dos cursos me encuentro. Entre las alumnas del primer año que supieron aceptar el regalo y contestaron con la misma gratuidad o entre las del segundo que abusaron de la buena voluntad del inexperto profesor.

            Estoy seguro de que ninguno traemos a esta celebración de la penitencia un saco lleno de malas acciones. No somos tan perversos. Pero lo que a mi me preocupa más (digo a mí, personalmente) no es tanto lo hecho mal como lo dejado de hacer bien.

            ¿Os acordáis del Buen Samaritano?  Seguro que los que pasaron por el camino antes que él también eran buenas personas. Aunque en todos los grabados nos los pinten con la cara retorcida. No tenían por que ser malos. No se pararon porque tenían otras cosas que hacer y llegaban tarde. O porque no iban mirando. O por aquello de “vive y deja vivir”, “no te compliques la vida con cosas que no te importan”, “ese no es mi problema”, “que cada palo aguante su vela” “a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga”, “eso es cosa de la guardia civil, que para eso está”, “yo no me meto en camisa de once varas” y otras quince mil excusas más con las que hemos enriquecido nuestro idioma.

            El Buen Samaritano dejó el camino y se aproximó al herido. Lo hizo su próximo. Ahora ya es más fácil. El herido tiene cara, tiene voz, ojos que se miran en los míos... Sí, así es fácil.



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