Cuando hace unos días estaba en el rincón del sagrario echando
un ratito de cháchara con mi amigo y se me acercó Sebastián y me dio este papel
(“el día 22 celebración de la penitencia”) y me dijo: “prepara tú el examen”, le contesté de broma: “¿para qué? Si pienso
aprobarlos a todos”
Un par de días después empecé a preparar el examen y
volví a pensar: “que alegría ir a un examen sabiendo que vamos a aprobar”
Y me acordé de una experiencia de cuando yo era joven y
revolucionario. Le prometí a mis alumnas el aprobado en la primera clase. Sin
exámenes. Sin agobios. Cada cual tenía que preocuparse sólo de aprender hasta
donde pudiera. Y la experiencia fue maravillosa. Nunca he tenido un grupo más
preocupado por aprender. Nunca he trabajado con una clase a un nivel semejante.
Al año siguiente lo volví a intentar y fue un desastre.
Nadie trabajaba ni venía a clase. El tiempo atempera mucho los afanes
revolucionarios de la juventud y yo me dejé en aquel curso una buena parte de
mis ganas de cambiar el mundo. Por supuesto se me quitaron las ganas de volver
a intentarlo.
Pero el Señor sigue intentándolo. Nos sigue regalando el
curso, incluso con buena nota. Y si uno falla, Él sigue cumpliendo. Y si fallan
cincuenta, o dos mil, o los que sean, Él sigue cumpliendo su palabra. Será
porque tiene paciencia de Padre, pero no lo desanimamos con nuestras
infidelidades.
Esta noche yo me pregunto en cual de los dos cursos me
encuentro. Entre las alumnas del primer año que supieron aceptar el regalo y
contestaron con la misma gratuidad o entre las del segundo que abusaron de la
buena voluntad del inexperto profesor.
Estoy seguro de que ninguno traemos a esta celebración de
la penitencia un saco lleno de malas acciones. No somos tan perversos. Pero lo
que a mi me preocupa más (digo a mí, personalmente) no es tanto lo hecho mal
como lo dejado de hacer bien.
¿Os acordáis del Buen Samaritano? Seguro que los que pasaron por el camino antes que él también eran
buenas personas. Aunque en todos los grabados nos los pinten con la cara
retorcida. No tenían por que ser malos. No se pararon porque tenían otras cosas
que hacer y llegaban tarde. O porque no iban mirando. O por aquello de “vive y
deja vivir”, “no te compliques la vida con cosas que no te importan”, “ese no
es mi problema”, “que cada palo aguante su vela” “a quien Dios se la dé, San
Pedro se la bendiga”, “eso es cosa de la guardia civil, que para eso está”, “yo
no me meto en camisa de once varas” y otras quince mil excusas más con las que hemos
enriquecido nuestro idioma.
El Buen Samaritano dejó el camino y se aproximó al
herido. Lo hizo su próximo. Ahora ya es más fácil. El herido tiene cara, tiene
voz, ojos que se miran en los míos... Sí, así es fácil.
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