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EL PLUS DE LONGEVIDAD



                En una galaxia muy, muy, muy lejana, vivió un humorista, muy buen dibujante, con una gran personalidad en sus dibujos y en su humor que hacía que sus viñetas se reconocieran sin necesidad de mirar quién las firmaba.
                Su humor era limpio, franco, directo. Cargado muchas veces de una crítica social siempre a favor de la justicia y de los más desfavorecidos de aquella sociedad, pero tocado con una gracia especial que hacía que todos nos riéramos y nadie se enfadara.
                Cuando llegó aquel dibujante al fin de sus días murió, pues hasta en eso fue ejemplo de humanidad. Y mucha gente oró a Dios diciéndole que porqué le había llamado tan pronto dejándonos huérfanos de risas. Y  tan tristes.
                Y el buen Dios escuchó la súplica de su pueblo y pensó que tal vez tenían razón y que determinadas personas que destacaban dedicando su vida al arte o a la ciencia y ayudando a hacer un mundo mejor merecían tener un bonus de un 50% más de longevidad.
                Pero hubo una filtración a la prensa y algunos periódicos publicaron que Dios tenía el proyecto de dar una vida más larga a determinadas personas que destacaban por el trabajo que realizaban a lo largo de su vida.
                Y dijo el monje:
                “Señor, he dedicado mi vida a la oración y a penitencia, pidiéndote siempre por los pobres, por la paz, por las víctimas de este mundo. Ahora que ya estoy mayor no me prolongues la vida. Mi único deseo es que me llames a tu lado para poder ver tu rostro y gozar de tu Reino por toda la eternidad”.
                Y dijo el prior:
                “Señor, los monjes de mi abadía no desean vivir más. Están tan llenos de ti que sólo desean acabar cuanto antes sus días en esta vida para unirse a ti en la Vida Nueva que hay después de la muerte. Pero mírame a mí. Yo he dedicado mi vida al estudio. Soy yo quién tiene que tomar todas la decisiones en la abadía, quién asume la responsabilidad ante las autoridades civiles y religiosas. Soy yo quién tiene que organizar el trabajo de la abadía y quién lleva la cuenta de nuestros escasos bienes para que no falten en los años de vacas flacas. Por eso te pido, Señor, que me des a mí los años que no quieren mis monjes. No lo pido por mí, Señor, sino por el bien de la abadía y de la Iglesia”
                Y dijo el dictador:
                “Señor, he vivido ya muchos años y he dedicado la mayor parte a mantener el orden en mi país. Ya sabes que lo he limpiado cuanto he podido de la peor gentuza, de los que presumían de ateos, de revolucionarios, de gente que no merecían vivir porque con sus ideas sólo hacían daño. Siempre favorecí las inversiones en grandes empresas para mayor gloria tuya. Soy tan religioso que ordené que mis acorazados y portaviones siempre llevaran nombres de santos. Todas las fábricas de armamento están reunidas bajo el paraguas de la empresa estatal “Santa Bárbara” de la que soy humilde presidente. Señor, dame una vida larga. No lo hagas por mí. Hazlo por mi pobre Patria que nunca ha sabido vivir sin la firme dirección de una mano dura”.
                Y dijo el banquero:
                “Señor, qué será de mi riqueza el día que yo falte. Toda mi vida la dediqué a reunir una gran fortuna y ahora qué será de ella. Presido el consejo de administración de nueve multinacionales y lo hago siempre con espíritu de servicio. Miles de personas trabajan en mis empresas y son felices porque pueden llevar un sueldo a su casa al final de cada mes. Si los dejara en manos de esos sindicalistas que sólo piden aumentos de sueldo pronto se hundiría todo, Señor. La inflación se comería en poco tiempo lo que con tanto esfuerzo y constancia he conseguido levantar. No me llames todavía, Señor. Déjame vivir más para que pueda crear aún más riqueza. Te prometo que haré una donación cada año para que todos los periódicos digan que gracias a mí generosidad los pobres de esta tierra están siendo atendidos en sus necesidades más perentorias. No lo hagas por mí, Señor, hazlo por los pobres”.
                Y el buen Dios se arrepintió de su proyecto y prefirió dejó las cosas como estaban.
                Y colorín, colorado, que cada cual viva como si cada día fuera el último de su vida porque, quién sabe, tal vez lo sea.

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