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PALABRAS Y MÁS PALABRAS






            Érase una vez un país muy, muy, muy lejano en el que un grupo de personas que habían iniciado un proceso de búsqueda, encontraron la palabra “comunidad”.

            En un primer momento no valoraron la importancia del descubrimiento, y  usaron el término con alegría, como el que está en una fiesta. Pero pronto empezaron a ver que la cosa no era tan simple ni tan cómoda. La palabra “comunidad” necesitaba de otras como “autogestión”, “servicio”, “corresponsabilidad”, etc. que eran palabras que ya no eran tan fáciles de manejar y que, incluso, no estaban muy bien vistas por algunos porque creían que atentaban contra el sagrado principio de autoridad y porque obedecer es más fácil y cómodo. Por eso algunos miembros del grupo, abandonando la búsqueda, se trasladaron a otros lugares donde se usaban palabras más blandas como, por ejemplo, “consumo”, “cumplimiento”, etc.

            Además, descubrieron que “comunidad” era una palabra difícil porque cada uno la entendía de forma distinta, pero que todos podían tener razón, o tal vez no, quien sabe… Exigía el esfuerzo de ir descubriendo cosas, etapas. Era como si todos fuesen viajando en un mismo tren pero cada uno se moviera a una velocidad distinta, unos rápido, otros más lentamente, otros con una prisa vertiginosa… Pero cuando llegaban a la estación, todos habían recorrido al mismo tiempo el camino completo, unos rápido, otros más lentamente, otros con una prisa vertiginosa… Esto tampoco se entendía bien y era frecuente que algunos quisieran empujar a los que iban caminando más despacio y, sobre todo, algunos líderes de aquel grupo, ya ancianos, se ponían muy nerviosos y querían frenar a los que se movían con una prisa vertiginosa.

            Es más, en aquel grupo convivían los que habían descubierto la palabra “comunidad” con los que aún no la habían descubierto aunque la buscaban y con los que ni siquiera habían empezado a buscarla porque, como he dicho antes, les sonaba a cosa de “rojos”, de gente “avanzada” y eso era poco más o menos como decir que estaban rozando los bordes de la herejía. Pero como todos eran gente bien intencionada, con un poco de buena voluntad se aguantaba uno los cabreos y se tiraba hacia delante.

Y es que aquella palabra, “comunidad”, no funcionaba si al mismo tiempo no se descubría también esta otra… “respeto” (Esta palabra, “respeto”, la debe de haber encantado algún mago porque cada uno la entiende como puede y le da la gana, pero no la voy a explicar porque pertenece a otro cuento que escribiré algún día).

Aquel grupo tenía un guía (el mismo que  les acompañaba cuando algunos  descubrieron la palabra “comunidad”) que les había regalado hacía ya tiempo dos palabras muy buenas que siempre van de la mano, “responsabilidad” y “libertad”, y lo había hecho así porque les quería mucho.

Otros en cambio, con la mejor voluntad,  veían las cosas de modo muy distinto y siempre preferían utilizar sustantivos de grueso calibre como p.e. “¡Autoridad!” “¡Santa y Ciega Obediencia!” en parte porque les habían educado desde pequeños en esos estilos y luego no habían tenido ocasión de aprender otros y también porque la obediencia es más cómoda y segura y alejaba al grupo del “pernicioso vicio de discernir” (c. f. “Leyes promulgadas en el reinado de Nuestra Católica Majestad D. Fernando VII”, por el Prof. D. Esteban de Corcubión) y, a veces, cuando creían estar solos y pensaban que no tenían quien les mandase todo lo que deberían hacer, se paraban, se ponían tristes, y les entraba mucho miedo.

Todo eso ocurría porque muchos no se habían dado cuenta de que la palabra “comunidad” estaba colgada de la palabra “Padre”, que, según parece, es la más difícil de descubrir, mucho más que cualquier otra, por eso se montaban unas tanganas curiosas cada vez que alguien intentaba separar estas palabras, quiero decir “comunidad” y “Padre” y pretendían usar la primera sin descansar en la segunda.  

            Pero los que habían descubierto y vivido la palabra “comunidad” y todas las demás palabras que la acompañaban y también vivían con su confianza en la palabra “Padre”, vivieron relajados y fueron muy felices y comieron muchas perdices (que disfrutaban compartiendolas con todos lo que querían acudir a su banquete) y colorín colorado este cuento seguirá dando mucho que hablar.

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