“Al que quiera quitarte la túnica,
dale también la capa. (Mt. 6, 40)
“Tuve hambre y me disteis de comer,
fui forastero y me recibisteis”
(Mt. 25, 35)
I
LA TRAGEDIA
En un planeta de una galaxia muy,
muy, muy lejana ocurrió una gran catástrofe humanitaria que provocó que muchos
habitantes tuvieran que huir del hambre y de la guerra.
Cruzando los mares acudían a otros continentes que sí disponían
de medios y recursos para ayudarles. Pero sus habitantes, duros de corazón, no
quisieron recibirlos. Cada año, miles de
personas morían ahogadas enfrentándose a las tormentas e intentando cruzar los
mares en botes, muchas veces, inadecuados para aquellas travesías. En los
países ricos, Los habitantes que podrían haberlos recibido les cerraron la
puerta en la cara porque eran racistas y xenófobos (aunque ninguno lo reconociera).
Había, no obstante, algunas personas que si estaban
dispuestas a acogerlos con los brazos abiertos, pero otros muchos querían hacer
de aquel “Mar de las Desdichas” una barrera infranqueable. Disponían sus
armadas como si tuvieran que defenderse de una cruel y asesina horda invasora. Y en
determinados lugares por donde era previsible que pudieran entrar algunos,
montaban alambradas erizadas de púas y concertinas (cuchillas muy afiladas) que
destrozaban a los desgraciados que se arriesgaban a cruzarlas.
Las personas que querían ayudar se juntaban en
Organizaciones Civiles sin Ánimo de Lucro que eran criticadas, perseguidas y
encarceladas. Los barcos que utilizaban para salvar la vida de los náufragos
eran asaltados y no se les permitía
recibir suministros ni entrar en los puertos controlados por los gobiernos que
predicaban el egoísmo y el ultra nacionalismo.
Y ocurrió que en un país, un gobierno recién estrenado que
necesitaba subir sus índices de popularidad, admitió, tal vez, con fines
electoralistas, uno de aquellos buques
desgraciados que navegaban desesperados,
sin apenas víveres ni agua, y llevaba varios cientos de personas, entre los que
había mujeres embarazadas y algunos bebés.
Por si fuera poco, anunció que iba a eliminar en sus fronteras las
malditas concertinas que fileteaban a los desgraciados que intentaban
cruzarlas. Era este gobierno oficialmente ateo. Y los ultraconservadores, los
racistas encubiertos y los egoístas hipócritas, aprovechando el anonimato que
les proporcionaban los medios de comunicación de las nuevas tecnologías sembraron
el país con mensajes difamatorios para asustar a las viejas, a los ignorantes y
a todos los que no querían convivir con personas de otra raza, lengua o
religión. Los que propagaban por las redes esos mensajes eran personas que, sin
el más mínimo resquemor de conciencia, asistían con frecuencia a los templos
donde se celebraban los ritos litúrgicos de religiones que predicaban todo lo contrario.
Los fugitivos que intentaban alejarse de las guerras, el
hambre o la sed caían con frecuencia en
las garras de mafias que les explotaban y les llevaban a cruzar el “Mar de las
Desdichas” en barcas de juguete, hechas
de plástico y con poco combustible que se consumía apenas se habían alejado de
la costa.
Esta es la historia de Mohamed, un magrebí al que su
familia envió al mundo de los ricos haciéndole depositario de todas sus
esperanzas y de los ahorros de todo el clan familiar.
II
LA PATERA
Mohamed caminó muchos días para
poder llegar a la costa, siempre vigilante para que no le robaran el dinero que,
con tanta ilusión y esperanza, le habían entregado los suyos y con el que
esperaba pagarse un pasaje al mundo feliz.
Soportaba el cansancio, el
hambre, el miedo y todos los peligros de la ruta pensando con orgullo que sus
familiares, al elegirlo a él y no a otro miembro del clan, le habían hecho el honor de ser depositario de todas las
esperanzas de la familia. Él era ahora el responsable de sacar a todos los
suyos de la pobreza. Él los iría llamando uno a uno para abrirles las puertas
de ese paraíso en el que todo el mundo ganaba un buen sueldo, tenía un coche
lujoso y pasaba vacaciones en lugares de ensueño.
Por fin llegó Mohamed a la costa,
y en la gran ciudad que le había señalado su familia, esperó hasta el viernes,
acudió a la mezquita y empezó a preguntar quién podría ayudarle a cruzar a la otra
orilla en la que vivían los ricos.
No fue difícil de encontrar alguien
que le puso en contacto con un grupo que se dedicaba a hacer aquella clase de
favores. En la misma mezquita le presentaron al “capitán” del barco que le
llevaría a su destino. Le dijeron que tanto el barco, como los potentes motores que era necesario ponerle y la
gasolina necesaria para cruzar costaba mucho dinero. Los que se dedicaban a esa
tarea eran pobres y tenían que distribuir los gastos entre todos los viajeros.
Ya tenían completo el grupo que saldría la siguiente semana. Le pidieron una
cantidad de dinero exorbitante. No la tenía. Con mucha tristeza le dijeron que
no podían contar con él. Tal vez en otra ocasión. Alá te acompañe.
Mohamed, desesperado les aseguró
que sólo tenía la mitad del dinero, que era cuanto había podido reunir toda su familia.
Que, incluso, las mujeres habían vendido sus pobres joyas para incrementar la
suma. Que no podían dejarle en tierra…
Se miraron unos a otros
compungidos. Lo pensaron un momento. Dos de ellos se apartaron para hablar del
tema y, por fin, con una gran sonrisa le dieron la gran noticia de que, por
tratarse de él y porque el Profeta, alabado sea siempre su nombre, les pedía
que fuesen caritativos, habían decidido aceptarlo en la expedición. Ellos
mismos pondrían la cantidad que faltaba. Por favor, no lo comentes porque eso no lo podemos hacer con
todo el mundo.
Mohamed agradeció a Alá su buena
fortuna y el día señalado acudió a la cita en el punto de la playa que le
habían indicado. Tan contento estaba que no sospecho al ver que el número de
viajeros reunido era elevado. Cuando
apareció la “nave” y vieron que era una barquita de plástico de las que se
veían en los escaparates de las jugueterías hubo dos que protestaron.
Inmediatamente, el capitán de la travesía y su ayudante les encañonaron con un
arma de fuego y les dijeron que el “barco” saldría con ellos o sin ellos y que
si no querían subir a bordo, no recuperarían su dinero porque ya se había
gastado en comprar el “barco”, el motor y la gasolina. Tampoco advirtió Mohamed
que no subían a bordo ningún depósito extra de gasolina, ni de agua, ni
alimentos.
Les obligaron a sentarse en el
borde de la barca, apretados, con una pierna dentro y la otra fuera, el pie
descalzo bañado por el agua. En el interior, más cómodamente sentados, sólo
cinco pasajeros, el capitán de la travesía, su ayudante, el que manejaba el motor y que llamaban timonel y
otro de los que le habían hablado en la mezquita y al que tuvieron que entregar
su documentación. Todos los documentos de identidad quedaron en tierra, en
manos de la “organización” que prometía devolvérselos por correo una vez
asentados en la tierra de destino. Todos ellos llevaban una pistola al cinto.
Puesto en marcha el motor, aquella embajada de ilusión y esperanza
empezó a moverse lentamente sobre el agua. Muy lentamente, la tierra se fue
quedando atrás, cada vez más lejos. Los que habían quedado en la orilla
gritaban alabanzas a Alá que les había regalado la oportunidad de llegar a un
mundo mejor. También las voces se fueron quedando atrás hasta desaparecer.
Mohamed quería preguntar cuánto iba a durar la travesía pero no se atrevió. Los
que iban en el interior hacía alarde del arma que llevaban y no permitían
ningún comentario que creara dudas sobre el final feliz de la aventura.
Hacía poco que habían perdido de
vista la costa cuando el motor empezó a hacer ruidos extraños. Ronroneó durante
un minuto y luego se hizo el silencio. La barquilla quedo inmóvil balanceándose
sobre las olas pero sin avanzar. El “capitán” miró al timonel que se encogió de
hombros y sólo dijo que se habría roto el motor. Qué mala suerte, nunca antes
nos había pasado. El ayudante el capitán sacó un par de remos y dijo que no
quedaba más remedio que continuar el viaje remando. El que había recogido la
documentación de los emigrantes dijo que todos los viajeros tenían que remar en
turnos de media hora. Si alguien no quería hacerlo, que se volviera a nado.
Pero que el “barco” con sus pasajeros seguirían adelante. El “capitán” usando
el GPS de su móvil determinó su posición exacta y uno de los pasajeros debía
llamar por teléfono a una ONG gaditana, darle la posición que marcaba el GPS y
esperar a que les encontraran y les recogieran en el mar.
Al día siguiente el hambre, la
sed y el agua helada en los pies ya era más fuerte que el miedo a las balas y se generalizaron las protestas.
Los que viajaban cómodamente sentados en el fondo de la barca llevaban
cantimploras de agua y bocadillos que no querían compartir con el resto. Decían
que ellos no tenían la culpa de la falta de previsión de los demás.
Efectivamente sólo cuatro o cinco de los viajeros habían tenido la precaución
de llevar algo de comida y, a diferencia de los organizadores, sí la
compartieron con los compañeros. Pero nada quedó para el día siguiente. Lo peor
era la sed. Cuando el sol empezó a calentar sus espaldas y cabezas, algunos,
desesperados, empezaron a beber agua salada.
Tampoco encontraron ayuda el
tercer ni el cuarto día. Los viajeros se negaron a seguir remando porque ya no
tenían fuerzas para hacerlo. Además, perdidos en alta mar, nadie sabía en qué
dirección debían remar. El cuarto día murieron dos de los viajeros que fueron
arrojados al océano. Otros se sentían tan enfermos que no tenían fuerzas para
sostener el remo. Las llamadas desde el móvil no sirvieron de mucho. Sus
peticiones de auxilio, aún en el caso de que les estuviesen buscando, no dieron
fruto. La barca era muy pequeña en aquel mar inmenso. La bronca fue subiendo de
tono. Al anochecer, uno de los viajeros golpeó con el remo al ayudante del
capitán que quedó inconsciente. El agresor fue abatido a tiros y arrojado al
mar. Esto calmo los ánimos durante la noche, pero al día siguiente, quinto de
la travesía, la mitad de los pasajeros estaban gravemente enfermos, casi todos
tenían fiebre. Mohamed, se encomendaba a Alá, única esperanza que le quedaba
para salvar su vida. Otros siete compañeros murieron, uno de ellos el miembro
de la organización que les había retirado los documentos. Sabían que les
estaban buscando pero que no les encontraban. Todos rezaban pero Alá parecía no
escucharles. Convencidos de que no podrían sobrevivir, se produjo un motín
generalizado y armados con el único remo que les quedaba, atacaron a los
miembros de la organización que usaron sus armas para intentar restablecer el
orden. Uno de los disparos agujereó un costado de la barca que se desinfló y
todos cayeron al mar.
III
UN BULTO EN LA PLAYA
Fueron unos niños que jugaban en
la playa los que avisaron a la guardia civil. El agua arrastraba hacia la
orilla un bulto extraño. No era droga, los niños conocían de sobra esos fardos
y no les hubiesen avisado. Por eso acudió de inmediato una pareja de
motoristas. Sí, no cabía duda, era el cuerpo de un hombre ahogado que flotaba
en el agua, a unos escasos veinte metros de la orilla. Un pobre diablo que
esperaba encontrar el remedio a todos los males de su familia y sólo había
encontrado la muerte en el camino. Uno de tantos. Otro más que enterrar en el
cementerio del pueblo. Otra tumba sin nombre. Otra familia que nunca recibiría
noticias del hombre en el que habían depositado sus esperanzas. No era más que
otro moro cualquiera, otro moro ahogado. Otro que se atribuyó a aquella patera
que buscaban desde hacía días.
Pero nosotros sabemos que se
llamaba Mohamed, soltero porque no tenía dinero para buscar una esposa. No.
Nunca sabrían que pudo pasarle. Desde que se despidió de ellos en aquel día
lleno de risas y de esperanzas, nunca más volvieron a tener noticias suyas.
Como tantos miles de compatriotas suyos. Uno más que sumar a aquella tragedia,
a aquella hemorragia de vidas que se tragaba el “Mar de las desdichas”.
Y colorín, colorado, desgraciadamente, este cuento está muy lejos de acabarse.
Misericordia quiero y no sacrificios.
(Os. 6, 6-7; Mt- 9, 10-13; Mt. 12, 1-8)
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