Érase una vez un país muy, muy,
muy lejano en el que la corrupción lo había invadido todo, desde el gobierno
hasta la última y más pequeña instancia.
A tal punto llegó la corrupción
que el partido del gobierno fue condenado por corrupto y tuvo que pagar una
multa millonaria, desde luego muy inferior a lo defraudado, porque vendía
favores a las empresas y con ese dinero pagaba los gastos corrientes del
partido y daba sobresueldos a sus líderes que lo consideraban algo tan natural
y tan merecido que, una vez gastado ese dinero, lo olvidaban hasta el punto de
no declarar esos ingresos en sus declaraciones a Hacienda.
El líder del partido de la
oposición creía que él podría mejorar las cosas y presentó en el Parlamento una
“moción de censura”. Y lo hizo según estaba previsto en la constitución que
todo el país había aprobado en referéndum con un masivo voto a favor, pero los
incondicionales del partido arrojado del poder no lo perdonaron y negaron que
el procedimiento fuera legal, aunque sí lo era.
Y el nuevo presidente llegado al
poder de forma tan intempestiva oró a su dios pidiéndole ayuda porque temía a
algunos populistas que le habían ayudado a encumbrarse.
-“Y si sólo quedasen cuatro
justos en el país ¿me salvarías de los populistas?”
-“Si tienes narices de encontrar
en todo el país a cuatro personas que nunca hayan defraudado a Hacienda, ni
abierto una cuenta en un paraíso fiscal, ni lo hayan deseado en el fondo de su
corazón, te salvaré de los populistas, y ya que tanto lo deseas, te daré el
poder convirtiéndote en el nuevo muñequito del pim, pam,pum. Serás el
protagonista de todos los infundios y calumnias que los asustaviejas de tu país
difundirán por whatsapp y presidirás los consejos de ministros de los viernes.
Pero a uno de tus ministros, a ese que
en su soberbia se hace llamar Maxi le convertiré en Mini-Maxi.
Y colorín colorado, este cuento
se acabará dentro de pocos meses, cuando se convoquen nuevas elecciones.
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