Fue
sin querer, aunque pudo haberse previsto. Las disquisiciones filosóficas
tampoco le Iban a ayudar. El pobre gritaba pidiendo socorro y manoteaba en el
agua, intentando mantenerse a flote.
“Todo
el mundo quieto” dijo José Manuel Durao, a la sazón capitán de la nave.
“Reunión de oficiales para decidir que tenemos que hacer”
Volvieron
en quince minutos. El hombre ya no gritaba. Pero seguía moviendo los brazos.
El
Capitán Durao ordenó echar al agua un bote para sacar al naufrago, pero los
marineros dijeron:
“Nuestra
jornada de trabajo terminó a las siete. Hay que pedir permiso a los sindicatos”
Angela,
la cocinera, dijo: Además saldrá del agua muerto de hambre y no tengo nada en
la cocina para darle. Si me pongo a guisar, fuera de hora, o calentar sobras,
gastaremos el butano que podemos necesitar más adelante.
Un
amigo del náufrago se acercó al capitán para insistirle.
“Mi
amigo se ahoga. Tenemos que darnos prisa en sacarlo”
“Prisas
no son buenas consejeras. Debemos meditar con cuidado la solución”
Nikolás,
el primer oficial pidió diez voluntarios para echarle una cuerda y sacarlo,
pero la cocinera Angela se encaró con él.
“¿Cómo
es posible que tomes decisiones sin consultarnos?
Silvio,
el payaso del equipo de animación, se acercó a la borda y dijo:
“Yo
haré lo que hagáis vosotros”
José
Luis, el botones que llevaba las maletas de la oficialidad también quiso poner
su granito de arena para resolver el problema:
“¿Por qué no
entiendo nada de lo que dice?”
“Porque es
griego y habla en griego” Contestó la cocinera.
“Ah”
y después de meditar unos minutos, se enderezó y si dejar de sonreír dijo:
“Señores,
tengo la solución. Hay que aplicar un paquete de medidas consistentes en:
Primero:
enseñarle alguna lengua de nuestra comunidad para que nos entienda.
Segundo:
llamarle todos a la vez para que nade hacia el barco y podamos sacarlo.
Como
de costumbre nadie hizo caso al maletero.
El
hombre había dejado de hablar y de moverse. Dijo el capitán Durao:
“Que
venga el capellán y rece una oración por él”
Pero
el maletero se negó diciendo: “Llevamos a bordo muchas personas que no son
creyentes, podríamos ofenderlas. Hay que ponerlo a votación.
Angela
la cocinera, Nikolas, el primer oficial y Silvio el payaso estuvieron de
acuerdo en que el hombre ya estaba muerto y no había necesidad de hacer nada.
Todo
el pasaje y la tripulación acudieron a la borda al mismo tiempo para ver
ahogado al pobre náufrago. El barco se escoró a estribor y todos cayeron al
agua. La nave, libre ya de lastre se enderezó de nuevo, pero todos los que
habían caído al agua fría se ahogaron como el griego.
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