Érase una vez un país muy, muy, muy lejano en el que sus
gentes habían aprendido a resolver los problemas sin conflictos.
Un día se plantearon que ya no iban a necesitar más a su
ejército y pensaron en buscarles otro trabajo a los militares, pero el asunto
no era fácil. Si les mandaban a su casa para que se entretuvieran haciendo
calceta o ganchillo, el aburrimiento les volvería violentos. Tampoco podían
ponerlos a trabajar en un banco o en las oficinas de los ayuntamientos porque,
con toda seguridad, la depresión los mataría en poco tiempo.
Alguien apuntó que los militares estaban acostumbrados al
riesgo y que su nueva profesión tendría que tener esa cualidad. Otro dijo que
los soldados siempre se habían desplazado usando vehículos grandes y ruidosos y
que habría que buscarles trabajos con las mismas
características. Entonces les mandaron a INEM para que hicieran cursos y se
reciclaran en bomberos. Y la experiencia demostró que todos fueron muy felices.
Una señora preguntó:
- “¿Y qué hacemos con los políticos? Tampoco valen para
mucho”.
Un político joven de largas patillas pidió la palabra y
dijo:
- “Por favor, no nos prejubiléis que todavía no tenemos
la edad. Queremos ser maestros. Nadie como nosotros puede enseñar a los niños
palabras como libertad, universidad, enciclopedia, concordia...”
La gente lo pensó y vio que todas aquellas palabras las
habían parido poetas y eran muy hermosas porque escondían detrás un gran sueño.
Aceptaron la idea porque un pueblo que no sueña cae rápidamente en la barbarie.
- “¿Y qué hacemos con los cuarteles?” Preguntó un señor mayor
que había sido barbero.
Estudiaron el problema y al final decidieron
reconvertirlos en fábricas; fábricas de ilusión y
fantasía para que no le faltara el trabajo a poetas y escritores. Y así nació
el Parque de los Cuentos.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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