Érase un país muy, muy, muy lejano
en el que la gente se odiaba y se temía por causa de una guerra. Era una guerra
antigua que nadie había conocido más que en películas y en los libros. Pero
desde pequeños les habían inculcado que debían identificarse con alguno de los
dos bandos y así odiarse y temerse unos a otros.
La guerra había sido fruto, como
todas las guerras, de la ambición, la ignorancia y el fanatismo. Aunque,
repito, era un hecho histórico del pasado, los políticos del presente seguían
siendo ambiciosos y les resultaba rentable mantener a la gente en la ignorancia
para fanatizarla con más facilidad y así atraerla a su bando asustándola con
mentiras y presentándose ellos como salvapatrias, protectores e imprescindibles
para cuando los del otro bando vinieran a… no sé, se supone que el otro bando
debe venir en algún momento a hacer algo malo.
Y la gente se dejaba engañar porque estaban
asustados y porque, desde pequeños no habían conocido otra cosa... Les habían
educado en el miedo en lugar de en la libertad y en el respeto.
Y todos vivían felices con sus odios
y sus miedos sintiéndose así buenos y honestos ciudadanos.
Pero llegó un día desgraciado en el
que coincidieron en ambos bandos, políticos que se pasaban de tontos aunque,
eso sí, fueran muy ambiciosos. Como el miedo había llegado a un punto crítico,
gracias sobre todo a la labor de algunos periódicos y de algunas emisoras de
radio y de televisión especializados en mentir y en asustar, los militares
decidieron que había llegado el momento de intervenir para salvar de nuevo a la
patria. Como en la ocasión anterior se sublevaron y empezaron a matar…
La historia cerró así un ciclo y las
barbaridades que se cometieron en esa nueva salvajada dieron pie para poder
seguir asustando viejas y niños pequeños y así sucesivamente.
Y colorín colorado, quiera Dios que
esto no sea más que un cuento.
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