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EL DIOS PROHIBIDO DE LOS ÁTEOS


EL DIOS PROHIBIDO DE LOS ÁTEOS
                En un país muy, muy, muy lejano las personas que practicaban algún tipo de religión llegaron a ser una minoría.
                Durante varios siglos la religión estuvo muy ligada a los que detentaban alguna forma de poder. E incluso llegó a ser algo exigido a los que querían llegar a tener puestos de responsabilidad.
                Pero no eran creyentes todos los que decían serlo y era frecuente la asistencia a muchas celebraciones litúrgicas y la pertenencia a determinados movimientos religiosos para hacerse notar y hacer amistades o, al menos, trabar conocimiento con personas influyentes.
                Pero con el paso del tiempo la situación fue cambiando y los ateos fueron siendo conscientes, poco a poco, de que eran la mayoría de la población. Las iglesias se fueron despoblando hasta quedar casi vacías. Donde hacía pocos años se aglomeraban los asistentes y había que darse prisa para llegar de los primeros si se quería coger sitio para no tener que pasar todo el rato de pie, llegó un momento en que únicamente asistían un grupito de personas mayores.
                La principal consecuencia fue que el poder pasó en pocos años de las manos de los que presumían ser (aunque no lo fueran) profundamente religiosos a los que abiertamente confesaban su ateísmo.
                Y, con un vaivén propio del Péndulo de Foucault, se pasó a presumir de total ausencia de sentimientos religiosos para poder conseguir cualquier puesto de responsabilidad.
                Estaba socialmente muy bien visto que se zahiriera a las personas religiosas, llamándolas con desprecio “viejos beatos, meapilas, capillitas” y otra serie de epítetos desagradables.
                Aunque no se prohibía abiertamente, el practicar la religión era una desventaja en aquella sociedad tan competitiva. Y los que seguían siendo creyentes, estaban cohibidos, acobardados y, en ocasiones, avergonzados. Apenas se atrevían a expresar en público sus opiniones a pesar de que su religión les insistía en que estaban llamados a dar razones de su fe y a actuar con valentía “predicando la conversión” para persuadir a los demás de la necesidad de un cambio en sus vidas y conseguir así un mundo más pacífico, justo y cordial.
                Llegaron a producirse tensiones cuando los contrarios a la religión asaltaban los templos provocando a las personas que estaban celebrando algún acto litúrgico. Las fuerzas de orden público no intervenían porque se les decía que había que respetar la libertad de expresión. Libertad que sólo beneficiaba a los no creyentes, ya que las personas religiosas “molestaban y provocaban” con sus ritos aunque no los celebraran en público.
                Y colorín, colorado, este cuento se acabará cuando los creyentes recordemos que lo contrario a la fe es el miedo y, libres ya de complejos, salgamos a la calle demostrando con nuestras vidas que Cristo resucitó y que el Reino de Dios está cerca.


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