En un país muy, muy, muy lejano
la gente dio en decir que eran ateos.
Y
lo decían para presumir de inteligentes y cultos, porque los creyentes eran
tenidos por personas incultas y poco inteligentes que se dejaban llevar por
teorías estúpidas e indemostrables.
Los
que presumían de intelectuales diciendo que eran ateos y pretendían una
sociedad sin dios, no se daban cuenta de que todo el mundo tiene su dios. Para
algunos, los llamados creyentes, es el mismo Dios de Teresa de Calcuta, de
Francisco de Asís, de Martin Luther King...
Es
un Dios que les lleva a buscar un mundo mejor, más feliz para todos. Y para
ello hay que dedicarse a hacer el bien a todo el mundo incluso a costa de
sacrificios personales.
Los
que se denominan ateos, no lo son realmente. Viven, de hecho, en un mundo hedonista
y plagado de una constelación de dioses atractivos que no exigen el menor
sacrificio y que ofrecen a sus adeptos un mundo de placeres a cambio de
sumisión. La palabra sacrificio, de uso tan frecuente entre los creyentes, es
rechazada por ellos de forma radical.
Algunos
creen en el dios «dinero» y dedican su vida a amasar una inmensa fortuna que
nunca disfrutan ya que tienen su tesoro escondido en los sótanos de los bancos.
Otros
creen en el dios «violencia» y todo lo quieren resolver a cañonazos. Estos
tienen su tesoro enterrado en cementerios y viven rodeados de personas
aterradas.
Los
hay que creen en el dios «sexo» que ellos llaman amor, pero como su relación
con otras personas suele ser un abuso de usar y tirar, nunca llegan a amar
realmente ni a ser amados.
Conozco
a personas que creen en el dios «razón» y no pueden aceptar nada que no encaje
en sus mentes cartesianas con aspecto de puzle de millones de piezas. Cuando
una piececita no les encaja a la primera donde ellos desearían, la tiran. Y así
su razonamiento está lleno de agujeros como un encaje de bolillos.
Y están los
que creen en el dios «poder». Se les puede encontrar en cualquier estrato
social, pero siempre trepando sobre otras personas para conseguir imponer su
voluntad a costa de lo que sea.
Ese
país se fue llenando de gente cada vez más infeliz y desencantada que ni siquiera
era capaz de darse cuenta de que los dioses de los ateos esclavizan mucho más
que el Dios de los llamados creyentes que, en realidad, es un Dios que les libera de vicios y pasiones y que, realmente,
es aceptado y seguido por propia voluntad por personas libres y, en muchos
casos, felices.
Todos
los que nos encontramos en este grupo, desearíamos convencer a los ateos de nuestra
verdad, pero no se puede demostrar la existencia de Dios con razonamientos o con un experimento de laboratorio.
Porque
Dios es el que Es. La existencia misma. Y, en mi opinión, nuestras pobres
mentes no están preparadas para un alimento tan fuerte. Pero también es el Amor
y nuestros corazones sí que
están preparados para amar y sentir amor. Es posible que le estemos buscando
con el órgano equivocado aunque, admitámoslo, siempre habrá quien no sea capaz
de verlo, pensarlo ni sentirlo:
Las
perlas nunca han sido el alimento preferido de algunos animales.
Y
colorín, colorado este cuento acabará como y cuando Él quiera.
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