EL DIOS DE CADA UNO
En un país muy, muy, muy lejano
había mucha gente que no creía en Dios y había también un grupo de personas que
eran creyentes.
Entre estas, algunos creían en
un Dios terrible que premiaba a los buenos y castigaba a los malos. Estos
siempre vivían asustados pensando que Dios podía castigarles por esta o aquella
cosa que habían hecho mal; o por este o aquel pecado que habían cometido.
Incluso si el pecado era antiguo y lo habían confesado al recibir el sacramento
de la penitencia. Pero, decían, que Dios perdonaba el pecado pero quedaba una mancha que les
llevaría al Purgatorio durante un cierto tiempo.
Cuando yo estaba en el colegio me contaban, con la mejor
intención desde luego, la historia de un niño que era muy, muy bueno y siempre
vivía en gracia de Dios, pero un día le tentó el demonio y le llevó a una casa
donde se cometían unos pecados terribles. El niño (que ya no sería tan niño,
digo yo) al salir de la casa aquella tuvo la desgracia de que le cayó en la
cabeza un tiesto desprendido de una de las ventanas matándole en el acto. Como
no había tenido tiempo de confesar su pecado y la muerte le sorprendió en
pecado mortal, fue al infierno de cabeza. A pesar de mi corta edad, al oír
aquella historia pensé que yo no podía creer en un Dios como aquel.
Había otros que creían en un
Dios proveedor de mercedes, al que le
rezaban continuamente para conseguir esto o aquello. A veces la petición era
directa y otras a través de algún santo: “Si mi hijo aprueba las oposiciones haré
este sacrificio o te ofreceré tal o cual cosa”. “Si el marido de mi hija deja
la bebida llevaré, descalza, un cirio detrás del trono en Semana Santa”. “Si mi
marido encuentra trabajo iré a Madrid y te
llevaré personalmente el cirio y lo dejaré encendido ante tu altar”.
De estos últimos ironizaba un
conocido escritor premiado con el Nobel haciendo decir a una de sus personajes
en una conocida novela: “yo tengo mucha fe en este santo. Le he ofrecido dos
cirios si mi hijo aprueba las oposiciones y gana una notaria de primera y uno
si la notaría es de segunda”. Ni que decir tiene que si el hijo no aprobaba las
oposiciones el santo se quedaba sin el cirio.
Había otros que creían en un
Dios que nos mandaba desgracias y sufrimientos para hacernos mejores. Y así cuando
alguien sufría, por ejemplo, la muerte de un ser querido o padecían una
enfermedad grave le decían: “tienes que aceptarlo porque es la voluntad de
Dios”. Lo que llevaba a muchos a rebelarse contra aquel Dios con tan mala uva.
Otros, por fin creían en un Dios
tierno y cariñoso que nos quería a todos como a hijos suyos. Un Dios poderoso,
sí, pero al mismo tiempo misericordioso y paciente, “lento a la ira y pronto en misericordia” que siempre está
dispuesto para perdonarnos y olvidar nuestros pecados alejándolos de nosotros
como el oriente está lejos del occidente. Un Dios que nos da gratis la
salvación y nos pide que, también con gratuidad, le ayudemos a construir un
Reino de Paz, de Justicia y de Amor. Ese es el Dios en el que yo creo.
Y colorín colorado al terminar
este cuento me pregunto si los que no creen en Dios serán ateos porque les
resulta muy difícil creer en según qué clase de Dios.
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