¿DÓNDE, PORRAS (1), ESTARÁ LA VERDAD ?
Érase una vez un país muy, muy, muy lejano en el que la
gente perdió la verdad.
Al principio nadie lo advirtió. “La verdad” es algo
intangible, no se puede guardar en un cajón de la cómoda, ni en el frigorífico.
Pasó el tiempo y como la gente ya estaba acostumbrada a no verla, no la echó de
menos.
Pero no se puede vivir sin “la verdad” porque es nuestra
referencia para saber qué es cierto y qué es falso, por eso, la gente, sin
darse cuenta, se fue fabricando verdades a su medida. Y así todo el mundo
estaba satisfecho porque cada cual veía el mundo a su manera y se iba
acomodando a las medias verdades o las enteras mentiras que más le gustaban. Y
como es muy agradable creer que es uno el que siempre tiene la razón, pues
tampoco se preocupaban de hacerse otros planteamientos.
Pero llegó un momento en que se hizo muy difícil hablar
sobre cualquier tema porque cada cual daba su propio sentido a las mismas
palabras y la conversación derivaba en debate y el debate en enfrentamiento y
el enfrentamiento ya no era conversación.
Cuando dos personas hablaban, ninguna de las dos solía
oír lo que el otro quería decir, simplemente era como si se dirigieran a un
espejo en el que se veían a ellos mismos. Si por casualidad reparaban en lo que
decía la otra persona, intentaban reforzar su criterio elevando el tono de la
voz o con expresiones agresivas que intimidaban a su interlocutor o apoyándose
en que su opinión era la misma que la de D. Fulano o D. Mengano.
Por aquel entonces, y a falta de otra cosa, se
consideraban verdades las opiniones de las personas que adquirían alguna
notoriedad, bien porque salían con cierta frecuencia en la tele o la radio o
bien porque habían ganado un concurso o alguna prueba deportiva. El país se llenó
de fatuos que hablaban con arrogancia y grandilocuencia, y cada cual tomaba
postura y seguía al que más le gustaba y consideraba que la opinión del tal era
“la verdad”, toda “la verdad” y nada más que “la verdad”. A estos fatuos se les
resolvió la vida porque los medios de comunicación se los rifaban y les pagaban
sus escritos mejor que a otros, y así surgieron en todos los periódicos las
llamadas “columnas de opinión” (aunque su opinión no fuera “la verdad”).
Los políticos y los pedagogos se esforzaban más que nadie
en crear opiniones que sirvieran para aglutinar a las de los demás y así, poco
a poco la gente se iba agrupando en las llamadas “corrientes de opinión” (pero
esas opiniones no tenían por qué ser “la verdad” y de hecho no lo eran). Pero cada
ciudadano sabía qué era lo que quería creer, qué emisora poner y qué periódico
comprar, según el matiz que prefería para sus “propias” opiniones, y la pérdida
de “la verdad” se convirtió en fuente de riqueza.
A esas alturas ya se había hecho evidente para algunos
(los llamados filósofos) que nadie estaba en posesión de “la verdad” y que
todos los ciudadanos estaban inermes, nadando como náufragos en un océano de
mentirosos. No es que el fin de la filosofía fuera la búsqueda de “la verdad”
(o quizás sí, yo no lo sé). Los filósofos más bien se dedicaban a definir
palabras y a explicar, muy bien por cierto, como piensa la gente (por eso
algunos preferían que se les llamase pensadores), pero en el devenir de su
trabajo sí fueron ellos los primeros en avisar de que se había perdido “la
verdad” y en decir a la gente que había que buscarla. Y así, un reducido núcleo
de personas adquirieron conciencia del problema y, por su importancia, incluyeron
a “la verdad” en una lista en la que estaban las cosas que había que buscar,
ordenadas por orden de necesidad, pero la pusieron en muy buen sitio, justo por
encima de la “búsqueda de la felicidad” e inmediatamente por detrás de la
“búsqueda de la fuente de la eterna juventud”
Incluso los buscadores profesionales quisieron poner su
granito de arena y Google fue capaz de encontrar, en 0,86 segundos,
aproximadamente 51.000.000 de páginas web en las que aparecía la palabra
“verdad” y se mostró dispuesto a presentarlas de diez en diez para facilitar la
tarea de quien quisiera estudiarlas. Pero nadie quiso perder tiempo
repasándolas para ver lo que decían.
Un día un hombre dijo con bastante amargura, que se
encontraba muy solo, que le resultaba muy difícil hablar con la gente porque
unos le consideraban un facha asqueroso y otros un rojo peligroso y que, como
un sir Galahad moderno, había decidido marcharse para ir en busca de “la
verdad”. Y se fue.
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¿Y que hago yo ahora? “La verdad” aún no ha aparecido,
por eso debería haber terminado el cuento aquí, pero no sé que hacer porque esa
no es más que mi opinión, y mi opinión tampoco tiene por qué ser “la verdad”.
Está claro que también yo debo buscarla. Ganas me están dando de irme, como otro
Sir Galahad cualquiera, a recorrer el mundo hasta que la encuentre o puede que,
en el colmo de la rebeldía, apague el televisor y me entretenga resolviendo
sudokus para mejorar mi memoria. Ya os tendré informados.
Y colorín colorado, este cuento aún no se ha acabado.
(1) Aparece en el título el
término “porras” por respeto a las personas que pudieran escandalizarse si leen
otra cosa. El lector está expresamente autorizado por el autor a sustituir
semejante ñoñez por cualquier otro de esos tacos redondos, sonoros y rotundos
que tanto abundan en nuestro idioma.
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