Quiero recordar algunos textos que nos hablan de amor.
Del amor que Dios nos tiene. Y de como debe ser nuestra relación de confianza
con el Padre.
Es una constante en la Biblia la expresión “no tengáis
miedo”:
En el Tabor: “Levantaos, no temáis”
También lo encontramos en el libro de Josué: “No tengas
miedo, no te acobardes, porque Yahveh tu Dios estará contigo dondequiera que
vayas” (Jos. 1-9).
O en Isaías: “No temas, que yo te he rescatado, te he
llamado por tu nombre. Tú eres mío”. (Is. 43,1)
También en el mismo Isaías aparece otro texto más
completo: “Siervo mío eres tú, te he escogido y no te he rechazado (¿A cuánta
gente habremos rechazado nosotros por su color, por sus ideas políticas, por su
estatus social...): No temas que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu
Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo cogido con mi mano
derecha” (Is. 41, 9-10).
O estos versículos del salmo 118: “En mi angustia grité a
Yahveh y el me respondió y me dio respiro; Yahveh está por mí, no tengo miedo,
¿qué puede hacerme el hombre? Yahveh está por mí entre los que me ayudan”.
En nuestra relación con los demás, en nuestra familia, en
el trabajo, ¿intentamos imponer nuestro criterio o nuestra voluntad por las
bravas, como acto de autoridad? ¿Que esto es así porque yo lo digo que para eso
tengo la vara de mando?
“El me respondió y me dio respiro” decía el salmo. ¿Le
damos respiro a las personas agobiadas? “Yahveh está por mí entre los que me
ayudan” Es frecuente que ante una catástrofe o una guerra con miles de
muertos, como cualquiera de las que estamos viviendo ahora, oigamos a alguien
decir: “Si hubiera Dios no permitiría esto” Y al preparar este pequeño examen y
leer el salmo 118 se me ocurría: Si Dios está entre los que ayudan ¿Cómo le
vamos a encontrar en otro sitio? Los que están allí ayudando no suelen tener
problemas para encontrar a Dios. El problema es ¿Yo dónde estaba?
A estas alturas yo creo que está claro para todos
nosotros que Dios nos quiere, nos quiere como un padre.
“La prueba de que somos hijos es que Dios ha enviado a
nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo que
no somos esclavos sino hijos” (Gal. 4)
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